La literatura de horror, que proporcion estremecimientos y escalofr os a generaciones enteras, hoy no infunde temor en el esp ritu de lector alguno, pero nos ofrece, a cambio, una invaluable llave de plata para escapar del vac o cotidiano y para evadirnos por un instante de los nocivos efluvios inherentes al mundo material y a la vulgar realidad. Los ambientes g ticos y antiguos dan un alivio est tico a nuestra mente, intoxicada por la fealdad de lo corriente y lo utilitario, mientras que las apariciones fantasmag ricas sugieren vedadas posibilidades a nuestros corazones que, embargados por insatisfechas necesidades metaf sicas, se debaten en medio de esta s rdida civilizaci n privada de alma. Las certezas sobre una muerte irrevocable y completa, despojadas ya del falso alivio que pod an hallar anta o en las religiones, encuentran pasto para una nueva catarsis merced a relatos sobrenaturales que se solazan en revivir a los muertos, sac ndolos de sus sepulcros y perturbando sus descansos sin sue os, mientras que lo fant stico presta brillo y maravilla a una realidad prosaica y mezquina. De ese modo, la literatura de horror nos propone no s lo un goce est tico, sino adem s un paliativo art stico para soportar mejor la angustia existencial propia de este mundo carente de horizontes trascendentales y de toda dimensi n espiritual. A trav s de esta oscura antolog a, sir Walter Scott nos lleva, en 'La c mara de los tapices', a un viejo castillo perturbado por una aparici n; John Polidori se desangra por un verdadero demonio byroniano en 'El vampiro'; Edgar Allan Poe nos hunde con 'Berenice' en el alucinado mundo de un monoman aco; Joseph Sheridan Le Fanu se interna, en 'Ultor de Lacy', por entre los melanc licos bosques de las leyendas irlandesas, ricos en hadas, fantasmas, duendes y ruinas; Ambrose Bierce nos presenta el inexplicable sortilegio que envuelve a 'Un habitante de Carcosa'; M. R. James nos hace v ctimas del inmortal rigor del 'Conde Magnus'; Arthur Machen nos deleita y estremece por igual con la exuberante belleza y la inconsciente maldad pagana que a n sobrevive en 'El pueblo blanco'; M. P. Shiel se regodea en grotescas im genes de muerte y de corrupci n en la refinada 'X lucha'; H. P. Lovecraft nos revela, en 'El extra o', horrores internos de los que nunca podremos escapar; y Clark Ashton Smith nos sacude con las luctuosas tragedias personales que proceden de 'La estirpe sin nombre'.